El amaranto es una de esas semillas diminutas con una historia enorme. Cultivado en Mesoamérica desde hace miles de años, era uno de los alimentos básicos de los pueblos precolombinos, junto con el maíz y las judías. Para los aztecas tenía además un papel destacado en ceremonias y rituales, y por eso a menudo se le llama «el oro azteca».
Con la llegada de los europeos, su cultivo retrocedió mucho, pero nunca desapareció del todo. En México se sigue preparando la alegría, un dulce tradicional hecho con granos de amaranto reventados y miel o piloncillo, y en los Andes se cultiva una especie emparentada, conocida como kiwicha.
Pequeño de tamaño, grande en historia y en posibilidades en la cocina.
Como la quinoa, el amaranto es un pseudocereal: botánicamente no es un cereal, pero se cocina y se consume como si lo fuera. Sus granos son muy pequeños, de color crema, y al cocerse adquieren una textura ligeramente gelatinosa y un sabor suave que recuerda a los frutos secos. Es un grano muy versátil que encaja tanto en platos dulces como salados.
Para cocinarlo, calcula dos partes de agua por cada parte de amaranto y unos 25 minutos a fuego medio. Puedes tomarlo solo, mezclado con otro cereal como el arroz o la quinoa, o añadirlo a sopas y cremas, a las que da cuerpo. Otra opción muy divertida es reventarlo: calienta bien una sartén sin aceite, añade una cucharada de granos, tapa y remueve; en pocos segundos se inflarán como palomitas en miniatura.
Esos granos inflados son perfectos para el yogur, la granola casera o para preparar tu propia versión de la alegría con miel y frutos secos. También quedan muy bien sobre ensaladas o cremas de verduras, como un topping crujiente.
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